diario de transfusiones

escenas de la vida moderna – el tiempo está después*

6 Diciembre 2009 · Dejar un comentario

Los medios gráficos me vienen jugando una mala pasada. Radar se me anticipa. Yo pienso en subir una canción y ellos publican una entrevista a la banda que hizo esa canción. Yo pienso en escribir sobre los consultorios donde uno hace terapia y ellos publican una nota de tapa sobre el psicoanálisis y la televisión (los casos In treatment, Tratame Bien y Head Case). Y resulta que toda mi curiosidad sobre los consultorios se vio motivada, en parte, por una escena de una de esas series de las que ellos hablan. Estoy a tiempo y a destiempo… Mejor no hablemos de esa sensación que tiene el periodista cuando llega tarde, cuando no se entera, como yo que no me enteré de que venía Judith Miller. Estoy segura de que al menos en uno de los medios en los que colaboro me la hubieran aceptado. Justo ahora que estoy sin notas. Y mejor no hablemos de las lágrimas, mezcla de emoción e impotencia, que casi brotaron de mis ojos cuando vi, en la Veintitrés, una entrevista al gran Julien Temple, uno de los mayores exponentes del documental de rock, el director de El asco y la furia y de tantas otras películas que retratan al punk. Igual, mientras escribía esto, hice una pausa y contacté a los prensa del festival. Quizás Julien Temple, quizás. Quizás esta semana logre ganarle al tiempo (y a los medios).

*el título se lo debo a Fernando Cabrera.

→ Deja un ComentarioCategorías: General

Todos los días se aprende una palabra nueva. Hoy:

2 Diciembre 2009 · 4 comentarios

Sema *

→ 4 comentariosCategorías: General

escenas de la vida moderna – ac-cura-cy

1 Diciembre 2009 · 4 comentarios

Buscamos causas con la dermatóloga. Pregunta si hubo algún cambio. Yo supongo que la pregunta se refiere a algo general y sí, hubo cambios en mi vida, los siento, pero no son tangibles, son de los internos. No podría responderle con certeza. Por suerte, antes de que emita cualquier palabra, agrega: “¿Cambiaste el maquillaje?”. No y apenas si me maquillo. No, tampoco estoy tomando algún medicamento, salvo el t4 (que tomo desde hace 7 años religiosamente cada mañana) y el tratamiento por la gastritis que empecé hace seis días, pero lo de la piel viene de antes, de mucho antes. Unos seis meses. Entonces, sin causas a la vista, explica: “Debe ser nervioso, sí, debe ser nervioso”. No es un gran descubrimiento. Asiento. “Debe ser, porque yo soy nerviosa”, agrego. De todos modos me molesta un poco el término porque no es exactamente “nervio”, será “angustia”, por ejemplo, será “neurosis”. Hace tiempo que entendí que a eso que yo le llamaba “estar o ponerme nerviosa” no era tal cosa.

→ 4 comentariosCategorías: General

cuando las canciones me hablan al oído

29 Noviembre 2009 · 5 comentarios

(Onda Vaga, 2008)

Sigo necesitando mantras, pequeños respiros, cosas que me hagan sentir mejor. Ayer, mientras lloraba sobre los hombros de él, empezó a sonar esta canción. Y él me la cantó. “Mambeado”, se llama. Cualquier parecido con la realidad es coincidencia. O no, no sé. Ya no sé si creer en coincidencias.

 

 

Qué lindo es estar en la tierra
después de haber vivido el infierno.
Qué lindo es poder amarte y mirarte otra vez
después de estar tan enfermo.

Qué lindo corazón que estés acá y acá latiendo
y me desenredes los ojos
y si por ahí el miedo me viene a buscar de nuevo
voy a recordar lo que cantamos una vez
mirando el cielo.

Cantale a la luna y al sol,
cantale a la estrella que te acompañó,
cantale a tus amigos con el corazón.
Cantale a la luna y al sol,
canta que es la tierra que canta en vos,
cantale a tus amigos con el corazón.

Yo no sé por qué a veces me pierdo
los ojos se me dan vuelta y me muero por dentro
y me encierro otra vez y no puedo salir
no puedo ver lo lindo de cada momento
es que a veces no me le animo al niño que llevo dentro.
A veces pienso que están mal algunas cosas que siento,
pero basta ya de eso echa para fuera bye bye bom
No tengo tiempo ahora de eso
Estoy en otra canción,
se acabó.

→ 5 comentariosCategorías: General

mantra para mis días así

27 Noviembre 2009 · 4 comentarios

Demolamos mis fantasías

una a una, pedazo a pedazo.

Dame la mano y tu voz

y saquemos los monstruos

de adentro.

→ 4 comentariosCategorías: General

escenas de la vida moderna – el secreto del nombre

24 Noviembre 2009 · 7 comentarios

Me bajo en Chacarita. Eso debería ser suficiente: pasar por la entrada del cementerio al que tantas veces fui de chica cuando ir a Chacarita era como cruzar el Pacífico y luego, sentir el aroma rancio de los puestitos de flores. Sin embargo, eso no basta. Entonces, en una esquina maléfica, de esas en que dos o tres calles se bifurcan y uno ya no sabe qué calle pisa, me pierdo. En realidad, no me pierdo, simplemente camino por calles que no tienen nombre. Busco las placas azules. No existen. Pruebo una y otra vez. Llego a una avenida doble mano con la esperanza de que la jerarquía que le concede ser doble mano, me brinde algún tipo de indicio sobre mi paradero. No pido mucho, pero no tengo suerte. Sigo caminando. De pronto, un nombre aparece como contrabandeado y luego otro y luego otro. Por fin llego a destino. Le explico a mi interlocutor que me perdí. En realidad, le digo, no me perdí, de pronto, la ausencia de nombres me hizo sentir perdida.

→ 7 comentariosCategorías: General

escenas de la vida moderna – curiosidad

23 Noviembre 2009 · 7 comentarios

** Ib and her husband – Lucien Freud

Curiosa la angustia que siento.

Curiosas todas las cosas que no me gustan de mí.

Curioso que por la calle me digan “caperucita roja” y a las pocas cuadras me griten: “parecés una princesa”.

Curioso que me crean salida de un cuento de hadas.

Curiosa esta necesidad de salir de acá y, sin embargo, quedarme acá.

Curioso viernes.

Curioso jueves.

Curioso miércoles.

Curioso martes.

Curiosa esta necesidad de amigos, de alguien a quien llamar y contarle lo mal que me siento y que me dé un abrazo.

Curioso.

Curioso que me gusten tanto los abrazos.

Curioso que hace seis años decidimos volver a estar juntos.

Curiosas las cosas que ocurren para esa fecha.

Curioso el chico con bermudas cargo que lleva un ramo de flores rosas.

Curioso que yo esté comiendo tostaditas a las doce y media de la noche.

Curioso el hambre.

Curiosos todos los que me cuidan.

Curioso que a veces me cueste tanto mirar a los ojos.

Curioso decir la palabra “coleccionar”.

Curioso que a veces me cueste tanto decir las cosas.

Curiosas sus ganas de pasar por casa.

Curioso lo mucho que se me bajó la presión.

Curioso que seguí igual.

Curioso ser tan sensible.

Curioso escribir.

Curiosa mi curiosidad.

Curiosas las cosas difíciles.

Curioso lo irracional.

Curioso el sexo.

Curiosa la seducción.

Curiosas las cosas de las que nos defendemos.

→ 7 comentariosCategorías: General

Los juegos ft. Tarantino (vol II) – Multiplicidad

21 Noviembre 2009 · 4 comentarios

Ni lerdo ni perezoso Patricio me propuso otro desafío cuando el cadáver del anterior aún estaba caliente. Así que me tomé unos días. Las consignas se van complicando poco a poco, cosa que disfruto porque agiliza mi creatividad (que no es otra cosa que  mi capacidad de resolver problemas). Creo que eso es lo más rescatable, más allá del resultado de mis poemas.

Esta vez, Patricio me propuso que escribiera un poema en el que,  la cantidad de caracteres (sin espacio) de cada verso fuera múltiplo del verso en el que se encontraban. Así, por ejemplo, el verso 2 podía tener 2,3,6,8 ó 10 caracteres y el verso 11, sólo 11, 22 ó 33. Las posibilidades se acotaban a medida que avanzaban los versos.

Hoy decido mostrarles la versión completa del proceso. El primer poema respeta, hasta el verso 5, la consigna de Patricio, los versos que siguen sólo respetan  mi idea original para el poema.

Dos por tres,

cuando me meto

en el bosque de

mis daños

en la casa de

mis afectos,

en los artefactos

de mis dueños,

sueño con barcos

en el cielo.

El siguiente y último poema es el que respeta completamente la consigna de Patricio. A pesar de que esta versión perdía, del original, el juego de palabras (afecto-artefacto, dueños-sueño), traté de mantenerlo en otro sentido.

Dos por tres,

cuando me meto

en el bosque de

mis daños

en la casa de

mis apegos, en

los artilugios

de mis dueños, dejo

mis sueños con barcos

en el cielo.

→ 4 comentariosCategorías: General

On demand – gente que no

18 Noviembre 2009 · 2 comentarios

¿La secundaria fue mejor?

Fue en el Liceo 1. Éramos una banda de chicas que nos casamos muy jóvenes. Yo, a los 16, cuando estaba en cuarto año.

En esa época, ¿era común casarse tan joven?

No, nosotras éramos unas agrandadas. Nos creíamos grandes. Dos años después del casamiento decidí tener un hijo y fui madre. ¡Tenía sólo 18 años y decidí dejar de cuidarme! Cuando lo pienso, me resulta extraño. Durante muchos años trabajé con niños y adolescentes y cuando los veía a sus 16 no podía evitar sentirme rara.

[...]

¿Era inevitable que te convirtieras en actriz?

No lo sé. De chica quería ser bailarina y después empecé a escribir. Incluso durante ocho años trabajé como guionista de Televisión Española. Hacía los guiones de un programa para chicos. De modo que la escritura siempre tuvo un lugar. La docencia, la producción, el canto y la dirección también tienen su espacio. Me parece que no soy únicamente actriz. Hago muchas cosas, pero no estoy segura de que el eje de todas ellas sea la actuación. Hay algo, sin embargo, inevitable en el hecho de ser actor. Es como si fuéramos gente que no sabe quién es, que trata de ser alguien en algún lugar (delante de una cámara, arriba de un escenario o en una alfombra roja). Con el tiempo me he sentido discriminada de ese lugar de exposición extrema donde te coloca la actuación. En mi vida privada intento tener un perfil bajo, no me visto con estridencias, no voy a los estrenos ni a los programas de chismes. Hay una inexorabilidad que marca mi vida, mi historia y mi estómago. Algunas cosas me salen del alma.

¿Como negarte a compartir una mesa con Luis Patti en el programa de Mirtha?

Exactamente. Eso ni lo pensé, me salió así y me fui del estudio. Las asistentes de producción me corrían enloquecidas por los pasillos. Fue increíble.

 

Cristina Banegas - noviembre de 2007

→ 2 comentariosCategorías: General

escenas de la vida moderna – diluviada

16 Noviembre 2009 · 20 comentarios

Me hierve la sangre y tengo mucha bronca por nosotras, las mujeres, porque los hombres nos consideran capaces de hacer cualquier cosa. (10)

no sin razón de nosotras surgen las tragedias. Nada somos más que coger y parir. (137)

Lisístrata, Aristófanes

Tengo frío. Voy por la calle con un vestido nuevo que me compré hace una hora y media, cuando empapada, empapadísima y con más frío todavía, crucé Medrano y Corrientes y tuve que afirmar los pies sobre el asfalto porque no sabía qué pisaba y la fuerza del agua era tal que tiraba como tiran las corrientes marinas cuando uno se para un poco más allá de la orilla. Me refugié bajo el techo de un local, me sequé los ojos, retorcí el vestido que llevaba puesto y entré. No quiero mojar, perdón. No te preocupes. Te doy unas servilletas para que te seques. Gracias. ¿Qué buscas? Necesito algo para cambiarme. Un vestido. Yo soy de los vestidos. Éste, ¿cuánto sale? 35. Dice “musculosa”, pero es un vestido. Lo llevo. ¿De qué color? El gris… No, mejor el violeta. No, a ver, dame el gris. Bueno. Mirá cómo estás, toda empapada. ¿Querés que me fije si hay una toalla? ¿Querés cambiarte? No, gracias. Me quedan un par de cuadras todavía y sigue lloviendo a cántaros. Me cambio cuando llegue a terapia. Gracias. Perdón, les mojé todo. No hay drama. Y después, la lluvia violenta de nuevo, pero no tan violenta como la que me agarró en Loyola y las vías. Y eso que la de Loyola y las vías no fue tan violenta como la que me agarró en Villa Crespo, buscando con desesperación alguna boca de subte cuando tuve que parar en una esquina. Mirá como estás, entrá, querida. No, gracias, tengo que seguir. Miro para adentro. Es un restorán. El tipo se levantó de una mesa y abrió la puerta especialmente para decirme eso. Cruzo. Me quedo cinco minutos parapetada bajo el toldo de una heladería, muerta de frío, sin saber qué hacer. Es imposible seguir, no se ve nada. El vestido se me pega al cuerpo. El corpiño strapless armado, que me compré especialmente para ese vestido strapless, está empapado. Pesa. El vestido también pesa y se me pega al cuerpo. Lo retuerzo un poco, pero es inútil. Disculpá, ¿sabés a cuántas cuadras hay una boca de subte? A unas cuatro, dice la mujer con cara de pocas probabilidades. Sigo. Busco refugio en las esquinas o a mitad de cuadra. La lluvia cae con una fuerza tal que una no puede quedarse paradita a cielo abierto esperando que las luces del semáforo cambien de color.

Es el segundo subte que me tomo en menos de dos horas. En la estación, el calor y el vaho son impresionantes. Siento la presión baja. Siento el estómago revuelto por la adrenalina. Agarro un caramelo y me lo meto en la boca. Mi cartera, a esta altura, está tan inutilizable como quedará, al menos, por un par de días. Como la billetera, como los billetes, como los papeles que le llevo a mi psicoanalista, como mi libreta, como mi documento. El guardia de seguridad de la estación me ve empapada y dice: “mi reino por un vaso de agua”. Sonríe. No lo entiendo. Le sonrío igual. En el vagón, una mujer me mira con pena. ¿Querés sentarte? No, gracias, voy a empapar todo. Y veo el charco que se forma debajo de mí. A esta altura estoy con mucho frío. Los ventiladores del subte, que remueven aire caliente, me ayudan un poco, pero salgo, dos estaciones más adelante y la lluvia sigue violenta, furiosa y yo me empapo un poco más. Cruzo corriendo Medrano y Corrientes y tengo que afirmar los pies sobre el asfalto porque no sé qué piso y la fuerza del agua es tal que tira como tiran las corrientes marinas cuando uno se para un poco más allá de la orilla. Me refugio bajo el techo de un local, me seco los ojos, retuerzo el vestido que llevo puesto y entro. ¿Qué buscas? Necesito algo para cambiarme. Un vestido. Yo soy de los vestidos. El gris, dame el gris. ¿Querés cambiarte? No, gracias. Me cambio cuando llegue a terapia. Pienso en subirme a un taxi, pero así no puedo subir a ningún lado. Ningún taxista me lo permitiría. Igual no se ven taxis vacíos. Camino. A dos cuadras del consultorio hay un bazar gigante, de esos que venden desde un lápiz hasta una cortina de baño. Voy en busca de un repasador.

Tengo la imagen de V., hace un rato, saliendo de la redacción. ¿Te llevo a algún lado?. No, gracias. Tengo que seguir hablando con el editor y después, a lo que vine, a buscar mi pago (o mejor, la “cuota” de mi pago porque me pagaron $350 en dos cuotas). Claro que no esperaba que el cielo se pusiera así y que el agua cayera con tanta fuerza y que yo, que uso musculosa en invierno, pudiese sentir este frío alguna vez.

En el bazar, un tipo limpia el piso y yo dejo una estela de agua a mi paso. Me siento culpable. Encima no hay repasadores de toalla. Compro uno de tela, el menos chillón. Seis pesos. A esta altura la lluvia calmó su intensidad, se parece a una caricia. Unos carniceros aguardan en la cornisa de su local. Ojalá que llueva hasta las cuatro y media, dice uno, pero las cuatro y media pasaron hace rato. Necesito cambiarme. Entonces voy al bar de la esquina. ¿Puedo pasar al baño? Sí, al fondo a la derecha. Me saco el vestido. Mis zapatos tienen agua adentro. La ropa interior está empapadísima. Agarro el repasador, me seco la piel como puedo. El corpiño está mojadísimo, ¿me lo saco? No, no puedo ir a terapia sin corpiño. Y lo dejo que se escape ridículo por el escote del vestido nuevo que parece una enagua antigua.

Es temprano. Paulo me hace pasar al hall. Le cuento de mi periplo, haciendo ademanes para evitar que el corpiño se asome tanto por el escote. Agarro el repasador. Frente al espejo, me seco un poco más. Me siento en un escalón al fondo. Me saco los zapatos. Los pongo en la misma bolsa en la que puse el vestido mojado que, aunque retorcí como un trapo, sigue empapadísimo. Me quedo descalza. Me seco los pies. Tengo frío. (Hacía mucho que no sentía un frío de este tipo).

Llega el licenciado. Trae paraguas. Prevenido. Yo no uso paraguas y para piloto hacía demasiado calor. Paulo le cuenta que me cambié en la esquina. ¿Querés pasar al baño a secarte un poco? Ah, entonces hay baño acá, pienso, pero me limito a decir que no, que gracias, que está bien. De todos modos, él me da una toalla de mano y yo me suelto el pelo y me lo seco. Ya está. Ahora sí, con el corpiño que se ve y todos los pelos de mi cabeza revueltos por la lluvia, la humedad y la toalla parezco una de esas histéricas que aparecen en las películas blanco y negro sobre Freud. Sólo que yo no soy histérica. Sólo que me acurruco en el diván muerta de frío, con los brazos cruzados para abrigarme. Sólo que él me ofrece su abrigo y yo le digo que no (quizás haya algún tipo de cuestión ética que impida que una paciente use el abrigo de su psicoanalista, pienso), pero estoy muerta de frío, entonces, finalmente, lo acepto. No quiero mojarlo.

Salgo de la sesión. Tengo frío y un sol radiante sobre mi cabeza. Tengo unas ganas terribles de hacer pis y el corpiño se me ve y debo hacer malabares continuamente. Así no puedo estar en la calle, es ridículo. Entro en el baño de otro bar. Hago pis y aprovecho para sacarme el corpiño. Sin corpiño y con ese vestido que parece un camisolín viejo, me siento un poco Lisístrata, aquella dama, que en la genial comedia de Aristófanes, organiza una “huelga” de sexo –las mujeres de la Antigua Grecia y alrededores juran que no cogerán a sus maridos (aunque los histeriquearán a más no poder) hasta que no firmen la paz– para frenar la guerra del Peloponeso. Leí esa obra por primera vez en primer año de la facultad, con algunas partes censuradas. Censurada y todo Lisístrata se convirtió en una de mis lecturas fundamentales (aunque nunca supe bien por qué).

El hecho es que aquello de sentirme Lisístrata o alguna de las mujeres encolumnadas detrás de ella, enfundadas con esas túnicas transparentes, azafranadas (amarillentas) que bien describe Aristófanes, capaces de seducir a cualquiera, me dura muy poco. Yo no quiero hacerle la guerra a mi marido y a sus congéneres para frenar la guerra. ¿O sí? ¿Qué guerra? De todos modos, apenas aparece mi posibilidad de seducción y el sentimiento de libertad que me da el vestido (y la ausencia de corpiño), se me viene la mente mi marido y su eterna explicación sobre el efecto que surten en la masculinidad de los hombres los pezones que se deducen tras una remera o un vestido.

Ahora lejos de sentirme libre, me siento mirada. No es paranoia. Lo juro. Jamás en mi vida me miraron tanto las tetas (o lo que se adivina de ellas). Entonces, empiezo a taparme como puedo. Me pongo los brazos sobre los pechos en posición de rezo. Empiezo a rezar para que el camino no sea tan largo. Intento acortar con el subte, pero no anda y la cola del colectivo llega hasta mitad de cuadra. Camino rápido, ligero, tapada como puedo, pero los tipos miran igual.

Entonces, unas 20 cuadras después, llego a casa, con los pelos revueltos y esa pinta de histérica de película vieja. El marido repite tres veces: “estás en camisón”, “estás en camisón”, “estás en camisón”. Y la mujer, que soy yo, lo niega tres veces. Porque aunque crea que el vestido se parece a un camisón, ante tanta insistencia (y la menor posibilidad de paz), lo mejor, es negar, negar y negar, ponerse en el bando contrario, abrirse de la opinión del otro, hacer la guerra (y no el amor). Y yo que sigo y seguiré con este frío.

→ 20 comentariosCategorías: General